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Infección ascendente del tracto genital superior femenino (útero, trompas, ovarios), habitualmente por ITS (gonococo y clamidia); puede causar infertilidad.
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Lo esencial para entender el tema desde cero.
Qué es: una infección que sube desde la vagina/cuello hacia el útero, las trompas y los ovarios.
Causas: infecciones de transmisión sexual (gonorrea y clamidia).
Consecuencias: dolor pélvico, y a la larga infertilidad y embarazos ectópicos.
El aparato genital femenino tiene una frontera natural: el cuello del útero, con su tapón mucoso, separa la vagina —colonizada normalmente por bacterias— de la cavidad uterina, las trompas y la pelvis, que son estériles. La enfermedad pélvica inflamatoria es lo que ocurre cuando esa frontera se rompe y los gérmenes ascienden. Según hasta dónde lleguen hablamos de endometritis (útero), salpingitis (trompas), absceso tuboovárico o peritonitis pélvica; en la práctica se agrupan todas bajo el mismo nombre porque el tratamiento es común.
Porque el daño de la EPI es en gran parte silencioso y permanente. La inflamación de la trompa destruye el epitelio ciliado que transporta el óvulo y deja cicatrices y adherencias que estrechan u obstruyen la luz tubárica. Ese daño no se repara.
Las cifras son contundentes: tras un episodio de EPI, alrededor del 12 % de las mujeres queda con infertilidad de causa tubárica; tras dos episodios, en torno al 25 %; tras tres, cerca del 50 %. El riesgo de embarazo ectópico se multiplica por 6-10, y hasta un tercio de las pacientes desarrolla dolor pélvico crónico. Además, muchos episodios son leves o incluso asintomáticos («EPI silente»), de modo que la mujer descubre el problema años después, en un estudio de esterilidad.
De ahí la regla clínica más importante del tema: ante la mínima sospecha, se trata. El coste de tratar de más es un ciclo de antibióticos; el coste de no tratar puede ser la fertilidad.
Que la infección sea casi siempre polimicrobiana explica por qué el tratamiento nunca es un solo antibiótico: hay que cubrir a la vez gonococo, clamidia y anaerobios.
Los métodos de barrera protegen. El DIU, pasadas las primeras semanas, no aumenta el riesgo de forma relevante y no hay que retirarlo de entrada si aparece una EPI: se trata y se reevalúa a las 48-72 horas.
El cuadro típico aparece con frecuencia justo después de la menstruación, porque la pérdida del tapón mucoso y la sangre facilitan el ascenso:
En la exploración ginecológica, los tres signos que definen el cuadro:
Una variante que hay que conocer es el síndrome de Fitz-Hugh-Curtis: perihepatitis por extensión de la infección hacia el hipocondrio derecho, con dolor en esa zona que puede confundirse con una patología biliar. Aparece en un 5-10 % de las EPI.
El diagnóstico es clínico. No hay que esperar a ninguna prueba para empezar el tratamiento.
Criterios mínimos (basta con uno, en una mujer sexualmente activa con dolor pélvico y sin otra causa que lo explique):
Criterios adicionales que refuerzan la sospecha: temperatura > 38,3 °C, flujo cervical mucopurulento, leucocitos abundantes en el exudado vaginal, VSG o proteína C reactiva elevadas, y detección de gonococo o clamidia por PCR.
Pruebas de apoyo:
Diagnóstico diferencial ineludible: embarazo ectópico, apendicitis, torsión ovárica, rotura de quiste ovárico, endometriosis e infección urinaria.
La cobertura empírica debe incluir siempre gonococo, clamidia y anaerobios. Pauta ambulatoria habitual:
Criterios de ingreso hospitalario y tratamiento intravenoso:
Medidas que completan el tratamiento y que se olvidan con frecuencia:
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