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Convulsión asociada a fiebre en niños de 6 meses a 5 años, sin infección del SNC ni causa metabólica; la mayoría son benignas (simples).
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3 niveles de profundidad
Lo esencial para entender el tema desde cero.
Qué es: una convulsión que ocurre cuando un niño pequeño tiene fiebre, sin que haya infección del cerebro.
Edad: entre los 6 meses y los 5 años.
Tranquilizador: la mayoría son benignas y no dañan al niño.
La convulsión febril es la crisis convulsiva más frecuente de la infancia. Se produce en un niño neurológicamente sano, en el contexto de un proceso febril, y sin que exista infección del sistema nervioso central ni una alteración metabólica que la explique. La definición exige también que el niño no haya tenido crisis previas sin fiebre: si las ha tenido, ya no hablamos de convulsión febril sino de epilepsia.
Lo que desencadena la crisis no es tanto la temperatura absoluta como la subida rápida de la fiebre en un cerebro inmaduro, más excitable de lo que será después. De hecho, muchos niños convulsionan al principio del cuadro, incluso antes de que los padres se hayan dado cuenta de que tenían fiebre.
Esta distinción es el eje de todo el manejo posterior.
| Simple (típica) | Compleja (atípica) | |
|---|---|---|
| Tipo de crisis | Generalizada (tónico-clónica) | Focal, o con desviación de la mirada a un lado |
| Duración | Menos de 15 minutos | 15 minutos o más |
| Recurrencia | Única en 24 horas | Se repite en el mismo proceso febril |
| Recuperación | Completa y rápida | Puede dejar déficit transitorio (parálisis de Todd) |
| Frecuencia | Alrededor del 70–80 % de los casos | El resto |
| Riesgo posterior | Muy bajo | Algo mayor |
Se habla de estado epiléptico febril cuando la crisis dura 30 minutos o más, o cuando se encadenan crisis sin recuperación de la conciencia entre ellas. Es la situación que requiere tratamiento y traslado urgentes.
Lo típico: el niño pierde bruscamente la conciencia, pone el cuerpo rígido, tiene sacudidas simétricas de brazos y piernas, los ojos se van hacia arriba, puede ponerse azulado alrededor de la boca y, a veces, se orina o echa espuma por la boca. Dura habitualmente menos de 5 minutos, y después queda un período de somnolencia y confusión (fase poscrítica) de entre 10 y 30 minutos, tras el cual el niño vuelve a la normalidad.
Ese despertar completo posterior es un dato muy tranquilizador. Un niño que no recupera la conciencia tras la crisis, que sigue decaído, irritable o rígido de nuca, es un niño en el que hay que descartar infección del sistema nervioso central.
Instrucciones que hay que dar a los padres, tan importantes como cualquier fármaco:
En el hospital, ante una crisis que persiste, el tratamiento de primera línea son las benzodiacepinas (midazolam bucal o intranasal, diazepam rectal o intravenoso), y se trata la fiebre y su causa.
La pregunta que dirige toda la valoración es: ¿es fiebre más convulsión, o es una infección del cerebro?
Orientan a meningitis o encefalitis: rigidez de nuca, fontanela abombada en el lactante, exantema petequial, vómitos persistentes, nivel de conciencia alterado o irritabilidad extrema tras la crisis, y aspecto de gravedad. En estos casos la punción lumbar es obligada.
También hay que considerar la punción lumbar en menores de 12 meses —en los que los signos meníngeos son poco fiables—, en niños que han recibido antibióticos previamente (pueden enmascarar el cuadro) y en los que no están correctamente vacunados frente a Haemophilus influenzae tipo b y neumococo.
En una convulsión febril simple, en un niño mayor de 12 meses, bien vacunado, con exploración normal y recuperación completa, no están indicados de rutina el análisis de sangre, el TC craneal, la resonancia ni el electroencefalograma. Lo que sí hay que hacer es buscar el foco de la fiebre, que suele ser una infección vírica banal, una otitis, una faringitis o una gastroenteritis.
Es la parte más importante de la consulta, y conviene decirlo con cifras claras:
Una precisión importante y contraintuitiva: dar antitérmicos de forma preventiva no evita las convulsiones febriles. El paracetamol y el ibuprofeno se usan para que el niño esté más cómodo, no para prevenir la crisis. Insistir en ello evita que los padres se sientan culpables cuando ocurre otra vez.
El tratamiento antiepiléptico continuo no está indicado en las convulsiones febriles simples: los riesgos superan al beneficio. En casos seleccionados —crisis prolongadas, muy recurrentes o familias con difícil acceso a urgencias— se prescribe una benzodiacepina de rescate para el domicilio.
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